Inclinándonos ante Nuestro Pastor (Salmo 95)

«Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano» (Salmo 95:6–7).

El salmista nos invita a adoptar una postura que nuestro mundo moderno resiste cada vez más. «Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor.» Estas palabras del Salmo 95:6–7 nos llaman a apartarnos de la actitud despreocupada que con frecuencia adoptamos hacia lo divino y a asumir una posición física, emocional y espiritual de profunda sumisión. Sin embargo, dentro de este llamado a la humildad se encuentra una de las afirmaciones más tiernas de las Escrituras: no somos esclavos ante un tirano distante, sino más bien el rebaño amado de un Pastor solícito.

La palabra hebrea que se traduce como «postrarse» conlleva el sentido de prosternación, de hacerse pequeño ante otro. Aparece a lo largo de todo el Antiguo Testamento en contextos que van desde el saludo respetuoso hasta la devoción religiosa. Cuando se emplea en contextos religiosos, como aquí, denota la rendición completa de la voluntad y el orgullo propios ante el Todopoderoso. La frase que la acompaña, «arrodillémonos delante de», refuerza esta imagen de sumisión física. El salmista no se limita a sugerir una actitud interior; está llamando a un acto externo y corporal que refleja la disposición interior del corazón. Hay sabiduría en esta integración del cuerpo y el espíritu. Cuando asumimos la postura de arrodillarnos, algo cambia dentro de nosotros. Nuestras rodillas se convierten en bisagras sobre las cuales se abre nuestro orgullo, y nuestros cuerpos se convierten en instrumentos de confesión de que no tenemos el control.

Pero observemos lo que sigue, y esto es crucial. El salmista nos da la razón de esta sumisión: «Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano.» La palabra hebrea que se traduce como «prado» evoca la metáfora del pastor que recorre las Escrituras como un hilo de oro. Nuestro Dios no es meramente poderoso; es atento. No solo debe ser temido; debe ser seguido como las ovejas siguen a su pastor. Y nosotros —imperfectos, errantes, a veces perdidos— no somos descritos como siervos (aunque lo somos), sino como las ovejas de su mano. Esta frase sugiere un cuidado activo y vigilante. El pastor no se limita a poseer su rebaño; vela por él, lo guía hacia verdes praderas y lo protege del peligro.

La tensión entre estas dos imágenes es hermosa e instructiva. Estamos llamados a inclinarnos en adoración ante nuestro Hacedor, a reconocer su majestad, su poder, su dignidad de recibir obediencia absoluta. Sin embargo, al mismo tiempo, somos invitados a la tierna relación de la oveja y el pastor, donde nuestra sumisión no es la obediencia temerosa de los siervos hacia un amo exigente, sino la confiada dependencia de criaturas vulnerables en aquel cuya naturaleza misma es cuidar de ellas. Este es el evangelio en miniatura: el Dios que es infinitamente trascendente es también íntimamente inmanente.

En nuestro contexto contemporáneo, donde gran parte de la vida se rige por la suposición de que debemos aferrarnos al control, afirmar nuestra independencia y negarnos a arrodillarnos ante nada ni nadie, estos versículos nos ofrecen una invitación radicalmente contracultural. Inclinarnos ante Dios es reconocer una verdad fundamental sobre nuestra existencia: no nos sostenemos a nosotros mismos. No nos creamos a nosotros mismos, y no podemos pastorear nuestras propias vidas. La ilusión de autonomía que tanto aprecia nuestra cultura es precisamente eso, una ilusión que nos deja ansiosos, agotados y, en última instancia, solos.

Pero el salmista nos llama a algo mucho mejor. Cuando nos arrodillamos delante de Jehová nuestro Hacedor, no nos estamos disminuyendo; estamos hallando nuestra identidad más verdadera. No estamos renunciando a nuestra humanidad; la estamos abrazando plenamente. Pues fuimos hechos a imagen de Dios, y es al reconocer su señorío que llegamos a ser más plenamente humanos. Y porque él no es una deidad distante e indiferente, sino un pastor que conoce a cada miembro de su rebaño por su nombre, nuestra sumisión es un acto no de desesperación, sino de fe.

Más aún, los pronombres en plural a lo largo de este versículo —«adoremos», «nosotros el pueblo de su prado»— nos recuerdan que este no es un acto solitario. Nos inclinamos juntos, como pueblo congregado de Dios. Nuestra sumisión es comunitaria. Nos arrodillamos junto a incontables personas a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo que han reconocido la misma verdad: que postrarse ante Dios es levantarse hacia nuestro verdadero destino como su rebaño amado.

Al meditar hoy en estos versículos, considere: ¿qué cambiaría en su vida si verdaderamente abrazara esta doble realidad: la majestad ante la cual nos inclinamos y el pastor cuyo cuidado nos sostiene?

ORACIÓN

Dios Todopoderoso, tú que formaste los cielos y la tierra y pusiste en movimiento todo lo visible y lo invisible, venimos ante ti con humildad y asombro. Confesamos que con demasiada frecuencia hemos vivido como si fuéramos nuestros propios señores, forjando nuestros propios caminos y defendiendo nuestros propios reinos. Perdónanos. Ayúdanos a arrodillarnos ante ti, no por temor, sino por el agradecido reconocimiento de que tú eres nuestro Hacedor y nuestro Pastor. Concédenos la gracia de rendir nuestras ilusiones de control y de descansar, como tu rebaño, en tu fiel cuidado. Que nuestro inclinarnos ante ti sea un acto de adoración que se desborde hacia cada rincón de nuestras vidas, y que verdaderamente nos conozcamos a nosotros mismos como el pueblo de tu prado, sostenidos seguros en tus brazos eternos. Amén.

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Claude Mariottini
Profesor Emérito de Antiguo Testamento
Northern Baptist Seminary

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